Una vez fui invitado a cenar a la casa de un amigo recién casado, su departamento estaba ubicado en el cuarto piso de un edificio, llegué a buena hora yo solo, o bueno ni tanto llevé una botella de vino rojo ya que según Max, como así se llamaba mi cuate de aquella cena que relataré prepararía una carne al horno bañada en brandy que según él sabía de rechupete, así que, qué mejor que vino rojo.

Su esposa me recibió muy contenta ella era más joven que Max; Max que no era diminutivo de Maximino, o algo así él se llamaba así Max, y sé apellidaba Montero era un economista connotado que trabajaba para una firma consultora, Max había estado casado alguna vez años atrás pero con malos resultados, no tuvo hijos y se separó de su primera esposa, y después de muchos años de soltería se había vuelto a casar y era él y su joven esposa una pareja feliz.

Max era dueño de dos departamentos en la ciudad de México hacía ya tiempo, uno pequeño en el que ahora vivían y uno grande y hermoso que rentaba, ambos departamentos estaban en la colonia Narvarte de la ciudad de México, Max me había explicado que estaba esperando a que se cumpliera el contrato del departamento grande para mudarse para allá, para luego rentar el pequeño donde vivían ahora, Max era de tez blanca de unos 48 años de pelo ligeramente claro, no rubio, de estatura regular y cara amable; ella por cierto se llamaba Rosita era morena clara, bajita y de pelo negro muy bella y desde luego que estaba muy enamorada de su marido no obstante las diferencias de edad, ella decía cuando alguien llamaba la atención por esta diferencia, o hacia algún comentario: “El amor no tiene edad, nace a diario”.

Max era una persona de carácter alegre y Rosita igual, reían de todo y de nada, en cuanto llegué a su casa y Rosita me hizo pasar él salió de la cocina muy sonriente dejó de lado una bandeja metálica que contenía un gran trozo de carne olorosa a brandy para saludarme con un caluroso y fuerte abrazo, él llevaba puesto un delantal color verde con tirantes de olanes blancos, yo me reí de su atuendo a lo que él me dijo. “Lo hice a propósito canijo Charly sabía que te ibas a pitorríar de mi delantal.”

Dejamos de reírnos después de que se quitó el dichoso delantal verde, yo no podía dejar de reírme de solo verlo, así que para poder charlar y degustar una copa de vino rojo se lo quitó para de inmediato ir por el destapa corchos y luego de descorchar la botella los tres sentados en la sala nos dispusimos a tomar vino y charlar comiendo galletitas con angulas, jamón del diablo y demás botanas que Rosita complaciente nos proporcionaba, pero llegó la hora de que Max volviera a la preparación de la famosísima carne horneada al brandy, así que mi amigo se levantó de su sillón y sin más dijo: “Pues el “pinche” de esta casa se va a hacerla de Cheff, no tardo, ya se marinó bastante la carne en brandy y nada más falta que le ponga las yerbas de olor, la meto al horno, que ya está bien caliente y en 15 minutos, o 20 a comer esta delicia.”

Max se enjaretó de nuevo su delantal de la hilaridad instantánea pero ahora solo me arrancó sonrisas el ataque de risa de hacía rato había quedado atrás, además después de más de media botella de vino rojo los tres andábamos ya “medio alegres”, Max salió de la cocina con unos frasquitos de especias a terminar de preparar la carne, lo hacía sobre la mesa de su casa y así podía seguir la charla ya que escuchó como Rosita y yo nos reíamos alegremente mientras él estaba dentro de la cocina, al salir muy sonriente nos dijo. “A ver cuéntenme el chiste, no sean canijos”, y yo empecé a recontar el chiste que nos había hecho reír a Rosita y a mí, le dije; “verás era una loro que llegó a una casa y…” en eso Rosita se levantó y acercándose a Max le dijo al oído algo, yo seguí contando mi chiste Max no me quitaba la mirada de encima mientras regaba generoso condimentos a su guiso y los untaba con las manos, Rosita llegó con un cuchillo eléctrico nuevecito que sacó de su caja, Max seguía mi relato con la vista atenta a mis gestos y ademanes con la cara sonriente, se escuchó el zumbido del cuchillo eléctrico que llevaba en la mano Rosita que lo probaba, lo apagó y sé lo dio a su esposo que tenía las manos empapadas de brandy, aceite y no sé que tantos más ingredientes que mezclaba en aquella palangana metálica donde estaba un trozo enorme de carne, con un ademán de su mano y sin hablar Rosita le indicó a Max que partiera o trozara la carne en rebanadas con el cuchillo aquel, pero Max seguía más atento a mi relato que a las indicaciones de su esposa, Max encendió el cuchillo que zumbó y bajando la mirada a la carne empezó los cortes, pero de inmediato escuché un grito que me hizo interrumpir mi relato chistoso, Max se había cortado con el cuchillo eléctrico. “¡Ay!, sé me resbaló esta cosa, y ya me corté bien feo.” Dijo él, la sangre de su mano izquierda goteaba sobre la bandeja de la carne, Rosita que ya venía a sentarse a mi lado se espantó y de un salto volvió junto a su marido para auxiliarlo, yo salí igualmente catapultado a ver qué pasaba, Max daba de brincos y pegaba de gritos finalmente dejó que le viéramos la herida que se había hecho en la mano, en dos de sus dedos tenía dos heridas profundas se veían claramente, de inmediato Rosita se llevó a Max al cuarto de baño para limpiar la herida e intentar curarlo, yo me quedé muy apenado y no sabía que hacer, vi la botella de brandy sobre la mesa y p’al susto me chuté un trago ya Max le había vaciado más de la mitad a la bandeja de la carne que ahora estaba roja por su sangre, vi esto y me empujé un segundo trago “a pico de botella”, escuchando como Max gritaba de dolor, la voz de Rosita se escuchaba diciendo: “Aguántate Max no seas miedoso, ¿o quieres que te lleve al hospital para que te vean y te curen?” Max contestó. “No, no, pero no me pongas más alcohol que arde mucho, no la friegues que no soy de fierro”. Ella le decía. “Es que tienes mucha grasa y cosas de tu guiso ahí metidas te estoy limpiando la herida, aguántate.” Max insistía. “Pues échale agua no me friegues con el alcohol.”

Total que después de un ratito salió primero Rosita, que se metió a la recámara y luego Max muy compungido con la mano vendada en alto, pero él siempre ha sido un hombre con un muy buen sentido del humor y lo primero que me dijo sonriente fue. “¿A ver ahora sí termina de contarme el chiste ese?” Yo le respondí. “Está bien, pero ¿de verdad te sientes bien?” Sí. Me contestó Max, pero al ver la bandeja de la carne y demás revoltura sobre la mesa se volvió y me dijo. “Namás pérame tantito que voy a limpiar esto y le seguimos, ¿a ver ahora qué cenamos?, pérame Charly ahorita vuelvo.” Max tomó el cacharro aquel con la carne nadando en brandy y su sangre y se metió al baño de nuevo, cerró la puerta y yo me fui a sentar a la salita, como era un departamento chiquito todo estaba cerca, me serví más vino y me chuté dos o tres galletitas de angulas, una de boquerones y otra de pulpos, cuando escuché un sonido raro que venía del baño y luego un grito de Max, seguido de un golpe seco, corrí a la puerta del baño pero ya Rosita me había ganado la delantera, ella abrió la puerta y se escuchó otro golpe y nuevo grito de Max. “¡Ay!” Ella volteó a mirarme con cara de espanto, me dijo. “Creo que se desmayó”. Yo le respondí de inmediato. “No, cómo crees, está gritando, no está desmayado”. Ella me dijo. “Pero está tirado en el suelo y al abrir la puerta creo que le pegué en la cabeza”. Yo de ágil mental sugerí. “Pues dile que se haga para un lado para entrar y vemos qué le pasó.” Rosita me hizo caso y le dio instrucciones a su marido. “Max hazte para un lado para poder entrar.” Se escuchó la voz de él diciendo. “Sí, nada más que pueda apoyarme, es que con una sola mano no puedo, pero que no entre Charly, nada más tu, es que me pegaste en la cabeza con la puerta y me descalabraste.”

Rosita angustiada le responde. “Sí mi amor sí, pero arrímate para un lado para poder entrar, rueda o algo así, ¿y porqué te caíste?” Max entre risas y dolor contenidos dijo. “Ahorita te explico, pero entra tu solita –y añadió- no van a creer lo que me pasó, pero Charly vete a la sala por favor.” Yo intrigado le dije que sí y me fui de ahí con rapidez la verdad no me explicaba qué había pasado, aún más porque Max se reía y se quejaba ahí dentro al mismo tiempo, en fin que ya en la salita pues me serví más vino, pero alargaba el pescuezo para ver a qué hora salían del baño y que me explicaran lo que había pasado.

El tiempo pasaba y nada que salían del cuarto de baño ni Rosita, ni Max, ¿qué pasaba ahí dentro, no sabía? En eso Rosita salió y entre risas y preocupaciones me pidió un favor. “Charly irías a la farmacia que está aquí a la vuelta sobre la calle de Amores y me compras un Picrato.” Yo de inmediato me ofrecía a ir. Rosita fue por su bolso para darme dinero, yo me adelanté y le dije. “Sí, y no, no me des dinero yo lo compro, ahora vuelvo.”

Y me salí presuroso por ese ungüento que sirve para curar quemaduras casi de inmediato ya estaba yo de regreso en el departamento de Max luego de subir a la carrera las escaleras de los 4 pisos, llegué jadeante a la puerta Rosita me abrió y de inmediato se metió a la recámara luego de darme las gracias, yo volví a la sala y me serví lo que restaba de la botella de vino rojo y le ataqué a las galletitas, Rosita salió al poco rato y me dijo. “Max dice que ya puedes pasar, él te va a poner al tanto de lo que le pasó, ya llamé a una ambulancia, están por llegar, lo siento Charly pero la cena se suspende.”

Era obvio, sí y no objeté nada. “No, no importa, ¿pero qué le pasó a Max?” Rosita se echó a reír y me dejó el paso libre a la recámara donde yacía Max sobre su cama boca abajo con las nalgas al aire rojas y amarillas como las de un mandril, yo me reí de inmediato y Max sin decoro alguno me dijo: “Ríete pinche Charly, ríete que lo que me pasó es de risa, mira te cuento: pues te fijaste que cuando escuchaba tu chiste y empecé a limpiar la mesa, pues que me dan ganas de hacer del “2”, entonces te dije, ahorita vengo y me metí al baño, pero me llevé la palangana con la carne, pensé, hecho el caldo este por el excusado de una buena vez porque estaba lleno de sangre, y así lo hice mano, que entro y que echo en la tasa del excusado todo menos la carne, luego me bajé los pantalones y me senté, pero me dieron ganas de fumarme un cigarrito, ya vez la costumbre, lo encendí y que echo el cerillo aún prendido en la tasa y ¡bum! que se prende el brandy y que me quemo las nalgas, yo me espanté por el ruido y más por el dolor de la quemada y que me levanto de un brinco pero me manié las patas con los pantalones y me caí, ah y no solo me caí también me pegué un buen golpe al azotar en el piso, pero también me pegué en la pared del baño en la cabeza, ya ves que está chiquito ahí y ni cómo meter las manos la izquierda la traigo lastimada y la otra con el cigarro y que llega Rosita pero al abrir la puerta con el filo me pegó en la cabeza y que me hace otro chipote, pero este sí me descalabró, mira –y me enseñó sus chipotes-; ya te imaginas cómo estaba yo, ahí tirado en el suelo boca abajo con las nalgas quemadas al aire con dos chipotes en la cabeza, con mi mandil verde y una mano vendada que me dolía, y yo no quería que me vieras así, no podía ni darme la vuelta; pero ahora ya me da igual, veme y búrlate.”

No Max cómo crees, mira nada más todo lo que te pasó, pero es que… Y que me entra un ataque de risa y me tuve que salir de la recámara de Max porque no me aguantaba la risa, Rosita afuera hacía lo mismo, Max desde dentro se solidarizó y también reía a carcajadas. Pues en eso estábamos cuando llegan los de la ambulancia así como son ellos que todo lo hacen de prisa subieron a Max en una camilla boca abajo, claro le pusieron una sábana encima, no hicieron muchas preguntas Rosita solo les dijo escuetamente. “Se quemó…, ahí.” Y ya.

Cuatro pisos hubieron de bajar los camilleros con no pocas dificultades llevando a Max sobre la camilla, uno de ellos le preguntó que cómo se había quemado ahí, y entonces Max les explicó lo que le había pasado y que les da un ataque de risa tan fuerte a los camilleros que se les fue la fuerza y que lo dejan caer por las escaleras él ni las manos metió y sé rompió una clavícula, además de hacerse otro chichón en la cabeza, al llegar a la calle Max iba en un grito cuando lo metieron a la ambulancia, yo me despedí de su esposa y trepándome en mi carro me fui para mi casa, en verdad no sabía si reír, o lamentar la mala suerte de Max, lo que sí sé es que como aquella “cena”, que ni hubo cena con Max y su esposa jamás he presenciado nada tan tragicómico como eso, nada, pero nada igual, ¡ah!, pero, esta historia no es fantasía, es real y sí pasó.

Esta historia jamás la había escrito, solo la había platicado ahora lo hago para que también sea tuya y te rías de lo que le pasó a Max.

En junio del año de 1957 muere mi abuelo Adal en su casa de la ciudad de México pocos días después ocurre un terremoto que tumba “el Ángel” de la Independencia de su columna, ah, igual ese mismo años nace mi hermano Adal, nada raro que llevara el mismo nombre que mi abuelo, también mi familia sale de Santiago de Querétaro a finales de ese mismo año hacía la ciudad de México, así que ese año del 57 nos marcó por todas partes como familia, a mí en lo particular porque fui desarraigado de mi ciudad natal, de mi escuela, de mí casa, de mi mundo infantil y de mi perro.

La ciudad de México fue para mí difícil pero aleccionadora, rudo cambio y suave entronización al mundo del arte y la cultura en la gran ciudad de la mano de mi padre y de mis tíos. Años después de aquel año 57 estaba yo haciendo compañía a mi padre en casa de mi abuelo, ahora de mi abuela como era costumbre fueron llegando sus hermanos, Humberto el mayor y papá de “Ceci” mi prima “regia”, un poco después llegó mi tío Adalberto el menor de todos ellos; y que se corre la voz de que en esos días habían re inaugurado la Columna de la Independencia y trepado de nuevo a “el Ángel”, total que mis tíos y mi padre se pusieron de acuerdo y salimos a ver cómo había quedado el monumento, yo no lo conocía y me animé mucho ya que desde hacía mucho tiempo se hablaba con insistencia de él, además para cuando yo llegué a la ciudad ya estaba derribado y en reparación, después de una breve charla en la que los hermanos se pusieran de acuerdo nos trasladamos mi padre, mis dos tíos y yo abordo de el “Chivo” hacia el Paseo de la Reforma, el “Chivo” fue el último auto de mi abuelo era un carro hermoso marca Chevrolet, de ahí su apodo, de colores verde botella y negro, amplio y de apariencia enorme con su visera por encima del parabrisas, llantas “cara blanca” y tapones cromados como espejos.

Llegamos por las inmediaciones del monumento dejamos el auto por ahí y a pié nos dirigimos al Paseo de la Reforma y ahí estaba aquella enorme columna de color blanco con su base llena de estatuas y con esa figura alada dorada y refulgente en el remate de la misma, he de hacer notar que en esas épocas a este monumento también se le conocía como la Columna de la Independencia, yo creo que fue a raíz de que se vino a tierra la estatua del remate por el temblor del 57 que cobró popularidad lo de llamarla “el ángel”, porque así la llamaron popularmente en los titulares los periódicos de la ciudad de México, decían en sus titulares: “Se cayó el ángel”, y no el terremoto tumbó la estatua del remate de la columna de la Independencia, por ejemplo, ahora que quizá si la columna se hubiera venido a tierra con todo y la efigie de su remate, quizá y le dijéramos ahora “la columna” y no “el ángel”.

Nosotros ese día que les narro desde la orilla de la acera que da de frente al monumento lo admirábamos, yo como buen chamaco le hacía a mí padre muchas preguntas, así como a mi tío Humberto, he hice la siguiente: “¿Papá, papá, porqué le dicen el ángel si es mujer, mira hasta tiene tetas?” Mi padre se quedó viendo confundido alternativamente a la estatua y a mí y no supo que decir, luego de encogerse de hombros, solo dijo: “No sé.” Mi tío Humberto más práctico me respondió. “Anda ve a preguntárselo a tu tío Beto él ha de saber porqué, él vivió muchos años en Europa y sabe de muchas cosas, anda ve y pregúntale a él.” Para esto mi tío Beto –Adalberto- sacaba fotos del monumento un poco más lejos de donde estábamos nosotros, así que corrí hacia él y a grito pelón le pregunté. “¡Tío Beto!, ¿porqué le dicen el ángel si es mujer?” Mí tío se quitó su cámara de la cara y me respondió de inmediato muy sonriente. “¿Que por qué le dicen ángel?, no sé, quien sabe, pero esa estatua no es un ángel, es una diosa Nike, o Victoria Alada, es la diosa griega de la victoria.”

Desde ese día yo supe que “el ángel” no es ningún ángel gracias a la explicación de uno de los hermanos de mi padre, pero en este país poco o nada sabemos de la cultura griega, o de otras culturas y hasta de la nuestra, ya que ignoramos hasta el significado del porqué está esa efigie en el remate de la columna que simboliza nuestra Independencia Nacional y no la figura de una águila mexicana por ejemplo, ya que éste monumento se hizo en la época de don Porfirio Díaz hace ya casi 100 años atrás como parte de la conmemoración de los festejos del centenario de la Independencia de México en 1910.

Aquellas reflexiones que como niño me hice fueron gracias a que yo venía de una ciudad hermosa llena de iglesias barrocas como lo es mi ciudad natal Santiago de Querétaro en donde había visto muchísimas imágenes de ángeles y pues la de la columna no concordaba con aquellas, ¿a ver y todo por andar de preguntón?, bueno, de preguntón sí pero para obtener respuestas de quien sí sabe, de haber sido mi tío un ignorante me hubiera dicho como la mayoría de los mexicanos ahora dicen: “es un ángel”, pero la verdad es que en el remate de esa columna no hay ningún ángel, lo que si hay en este país es mucha, pero mucha ignorancia.

Una ardilla y sus cinco hijitos andaban en busca de casa, es decir de árbol, ya que la sierra de los leñadores los habían dejado sin hogar apenas hacía unas horas, los sonidos de las motosierras aún se escuchaban en el bosque cuando la señora ardilla y sus críos emprendieron la retirada antes de que el árbol que era su casa cayera por tierra y les dejara en la calle, bueno si eso se usara en el bosque; doña ardilla previsora y muy valiente sacó todo lo que pudieran necesitar de la casa del árbol y con sus hijos chiquitos a cuestas, excepto el mayorcito que ya brincaba muy ágilmente se dieron a la tarea de buscar casa, difícil situación las habitaciones estaban ya muy escasas en el bosque antes lleno de vida vegetal y ahora ralo de grandes pinos, los árboles chicos no dan protección y no sirven para vivir, de estos sí había algunos por aquí y por allá pero de poco servían salvo para hacerse a la idea de que en 15 a 20 años ya estarían en condiciones de ser habitados, eso si no se quemaban por algún incendio antes de desarrollarse y ahí quedaban todos chamuscados sin haber llegado jamás a ser árboles de altura y vigor suficiente. Triste situación la de doña ardilla y sus críos, así en busca de casa y refugió estaban además expuestos a los animales de rapiña como águilas y gavilanes, coyotes y demás animales que se alimentan de ardillas. La señora ardilla buscaba nerviosa un árbol suficientemente grande y con agujeros en el tronco que sirvieran de casita para ella y su prole, pero nada sobre el horizonte pareciera ser lo apropiado, caminaron mucho hasta que ya estando muy avanzado el día y doña ardilla la mar de cansada llevando a sus chiquitos a cuestas, más las provisiones se sentía desfallecer de cansancio, cuando vió a lo lejos un conjunto de árboles grandes, lejos, sí, pero árboles grandes que finalmente habían logrado gracias a su lejanía y escarpada pendiente donde se encontraban ubicados librarse del hacha mecánica del leñador; largo y difícil camino hubo de recorrer la familia de ardillitas con lo empinado de la cuesta y lo cansados que estaban todos, más doña ardilla cargando a cuatro de los niños más las provisiones dentro de su boca cuando un extraño sonido que hacía, ¡bu, bu! los espantó a tan solo unos metros de llegar a la masa de grandes árboles, árboles que a su vez hacían ruidos extraños por el aire que corría por la ladera y azotaban con fuerza sus ramas.

- ¿Qué fue eso?

Preguntó el hijito más grandecito que cargando algunas nueces y piñones entre sus bracitos corría por delante de su madre.

- Es el viento…

Dijo mamá ardilla.

¡Bu, bu!

Se volvió a escuchar nuevamente.

- No, no eso no es el viento.

Dijo con la carita asustada el más chiquito de los niños sacando su cabecita por sobre el pelambre de su madre.

- Vamos no tengan miedo, sí, es el viento y ahora a darnos prisa que ahí hay un buen número de árboles y de entre ellos alguno será nuestra nueva casa.

Dijo para calmar su miedo y el de los niños doña ardilla.

- ¡Bu, bu!

Se escuchó de nuevo. Y entonces mamá ardilla se paró en seco y poniendo a resguardo a sus hijos ella valientemente y sola se dirigió a averiguar la causa de aquel ruido que los espantaba e impedía su camino hacia los árboles y la búsqueda de su nueva casa. Doña ardilla era una ardilla valiente, no le temía a nada, salvo al hombre que le había quitado su casa y la de sus hijitos. Se dirigió resueltamente hacía un enorme árbol que pareciera ser de donde venía aquel extraño ruido, lo escuchó de nuevo – ¡Bu, bu!- Se sobresaltó pero sin miedo continuó y ágilmente subió en aquel enorme árbol de anchas y robustas ramas que era excelente para ser su casa y la de sus hijitos.

- ¡Bu, bu!-

Ahora más cerca se escuchaba, desde la punta de una rama mamá ardilla vio dentro de un hueco del árbol a un enorme y viejo Búho que leía un grueso librote, el Búho parecía estar absorto en su lectura, así que mamá ardilla se acercó más y más, así ágilmente como suelen hacerlo las ardillas y el viejo Búho no se percató de su presencia no obstante que doña ardilla ya estaba a tan solo un palmo de distancia de él.

- Este, perdón señor Búho…

Dijo doña ardilla, así de cerquita del viejo y emplumado lector.

- ¡Ahhh!

Gritó el Búho aventando por los aires el librote que leía y soltando plumas y polvo por doquier, doña ardilla se espantó también y corrió asustada hasta el extremo de la rama. Polvo y muchas plumas volaban por todas partes dentro de aquella casa donde se hallaba el viejo Búho, plumas salieron revoloteando hacia fuera donde se las llevo el viento del bosque, doña ardilla temblaba en el extremo de la rama, el viento levantaba y agitaba el pelo de su erizada cola, temerosa se volvió a asomar por la entrada de aquella casa en el agujero del árbol, no vio nada y regresó a la punta de la rama cuando el Búho preguntó ya muy rehecho del susto.

- ¿Quién es usted y por qué me asusta así?

Se oyó decir a la voz cascada del Búho desde el fondo del hueco en el árbol, mamá ardillita templó su voz y respondió con claridad.

- No fue mi deseo asustarlo señor Búho, soy solo una ardilla que busca refugio para ella y sus cinco hijitos, ¿me puedo acercar a usted?

- ¿Una ardilla y sus cinco críos, entonces no es el Cacomixtle, o el Zorro, o qué se yo algún ser malévolo que quiera hacerme daño?

- No, señor Búho soy solamente yo, la señora ardilla y mis cinco niños y si quiere asómese me verá en la punta de la rama que sobre sale de su casa.

Así lo hizo el viejo Búho y sacando su emplumada y enorme cabeza vio en el extremo de la rama a la atribulada ardillita.

- Bien señora ardilla, venga y dígame en qué la puedo yo ayudar.

- Gracias señor Búho.

La ardillita velozmente se fue a donde el Búho y parándose en el borde del hueco del árbol le dijo a la vieja y atenta ave de grandes ojos y enormes cejas.

- Vera, soy madre de cinco hermosos hijos y me he quedado sin casa por que unos leñadores por allá por el monte bajo nos han tirado el árbol que nos servía de casa, así que nos hemos puesto a caminar y de tanto andar y andar pues hemos llegado hasta acá con usted y este pedazo de bosque de árboles grandes.

- Sí señora ardilla, en este pequeño bosquete hay muchos árboles, nada menos el que usted tiene aquí enfrente es ideal para usted y su familia, ¿por qué no lo ocupa de inmediato?, ande vaya, que por mi no hay ningún problema y como se trata de un lugar escarpado difícilmente llega por aquí un leñador, o algún depredador que nos moleste, además de que creo, a decir verdad que se espantan humanos y animales de escuchar el ¡bu, bu!, que se me sale sin querer por la emoción que me da de leer estas novelas de misterio a las que yo soy tan aficionado, usted es muy valiente y llegó hasta mi sin que le importara el ¡bu, bu!...

- Hay señor Búho, es que sin casa y con cinco niños qué le va a tener uno miedo a un sonido cuando los hijos están desamparados y sin casa que los proteja.

- Tiene usted razón señora, ah, y sí tenemos vecinos pero están un poco lejos y son muy buenos amigos, son una colonia de castores que viven del otro lado del bosque pegados al río que baja por un lado de la ladera.

- Muchas gracias señor a nombre mío y de mis niños, de verdad muchas gracias.

Mamá ardilla bajó corriendo ágilmente del árbol y se fue por sus hijos al rellano del bosque donde hacia algunos minutos los dejara al cuidad del más grandecito, los puso al tanto de la buena nueva y llenos de alegría treparon velozmente al enorme árbol de abeto que sería su nueva casa. Se instalaron de inmediato en aquella espaciosa y hermosa casa en el hueco de un árbol, mamá ardilla les preparó de comer y después de acariciarlos con dulzura de madre les preparó un mullido nido de hojitas secas para que descansaran y se repusieran de aquel día tan ajetreado. Pero no pasó mucho rato sin que el constante ¡bu, bu! del vecino los despertara, para colmo llegada la noche el viejo Búho encendió una vela y continuó sus lecturas de librotes de misterio, la luz de la vela entraba por dos de las ventanas de la casa de las ardillitas y por la entrada principal, el Búho vivía justo y derecho frente de ellos, la ardillita valiente pensó.

- Ahora me explico porqué nadie vive en este árbol, el señor Búho hace imposible que alguien pueda vivir aquí con tranquilidad, de día y de noche el ¡bu, bu! y de noche la luz, más el ¿bu, bu!, ¿qué haré?, porque mis niños necesitan de una casa grande y segura como esta, ¿pero qué hago para no entrar en pleitos o reclamaciones con el buen señor Búho?, no se, pero ya algo se me ocurrirá.

Los días se fueron acumulando y la familia ardilla sufría por no poder dormir bien, mamá ardilla tenía unas enormes ojeras y los más chiquitos de sus hijos estaban molestos y llorones todo el día, mientras tanto el Búho se pasaba los días igual, lee y lee sus librotes, día y noche, noche y día, ¡bu y bu!, sin parar, de noche la luz de la vela iluminaba el interior de la casita de las ardillitas.

- ¡Ya lo tengo!, dijo al octavo día la ardillita valiente, pondré unas cortinas y la luz no podrá entrar por las ventanas, mis hijos por fin dormirán con tranquilidad.

Así que no descansó hasta que quedaron puestas las cortinas, sí, sí funcionaron pero solo atenuaban la luz de la vela, más los ¡bu, bu!, aún se escuchaban, el sonido llegaba fuerte a la recamara de los niños quienes se despertaban de noche asustados y llorando.

- Ya lo tengo, dijo al noveno día la ardillita valiente, pondré puertas a las ventanas, iré con los vecinos castores que son excelentes carpinteros y les pediré el favor.

La ardillita salió muy de mañana en búsqueda de los castorcitos que vivían abajo por el rumbo de donde hacía ruido el río y los encontró trabajando.

- ¡¡Señor castor!!

Dijo la ardillita subiendo la voz para hacerse escuchar por entre aquel ruido que hacen los carpinteros, se dirigía al que parecía el jefe de ellos, cuando consiguió su atención se acercó a él y le dijo.

- Necesito que me haga unas puertas para unas ventanas.

- No es problema señora ardilla, pero no se llaman puertas, se llaman postigos y si usted me proporciona las medidas y, - poniéndose la mano en la barbilla dijo – y digamos 4 nueces de las más grandes que tenga, se las tengo en dos días, ah y yo se las coloco.

- ¡Hecho¡

Dijo la señora ardilla con una enorme sonrisa que dejó ver sus dos enorme dientes, y componiéndose su gorrito azul extendió su pequeña mano para cerrar el trato con el castor quien le extendió su callosa mano en señal de trato hecho.

Dos días después llegaron las puertas, o postigos para las ventanas, y una para el hueco del árbol, los castores las colocaron en un periquete, y se fueron muy contentos con sus nueces de pago por sus servicios.

Finalmente la ardillita resolvió su problema, sus hijos vivieron tranquilos en aquella enorme y segura casa del árbol; el Búho siguió leyendo y ahuyentando a los intrusos con su ¡bu, bu! involuntario pero efectivo, y mientras no lleguen los hombres a ese lugar a talar los árboles que son las casas de los animales, todo ese lugar natural será un bello espacio de vida, amistad y amor.

FIN

Mi perro es mi mejor amigo, es noble, leal y muy inteligente, él entiende muy bien todo lo que le enseño.

Pero mi perro como perro que es “marca” su territorio, cosa buena y sana para los perros pero no para los humanos, me había entretenido mucho enseñándole toda clase de trucos a mi perro, quien por cierto le llamo Sam, ya que los perros no se llaman, si no se les llama ya que ellos no hablan no obstante la inteligencia que tienen algunos, como el mío.

Bueno pues luego de hacer todo lo posible por re educarlo en eso de “marcar” su territorio en los sitios adecuados para él, que en realidad y no nos hagamos tontos, al menos en mi caso mi perro era mión, sí, y había escogido para su meadero particular y exclusivo un sitio muy inconveniente, además él era el único can en las casa, así que era urgente enseñarle modales, pues el sillón de mi sala no era para eso por más que le traté de explicar con palabras y periódico en mano pues nada que se abstenía de hacer esto y cada que tenía ganas de “desaguar” su vejiga, ahí estaba Sam en el sillón alzando la pata, ¿cómo?, si él era un perro obediente he inteligente, no, éste era un reto para su educación y mis capacidades como entrenador, ex profesor e instructor así que:

No esperé más, tenía que enseñarle cómo y donde hacer sus necesidades del riñón pero de ya. O terminaría pudriendo el sillón de la sala y con mi paciencia, era momento de actuar.

Por el camino le hablé con firmeza, todo el recorrido le hacía saber cuál era mi propósito, Sam es un perro muy inteligente y no tenía la menor duda de que me entendía y escuchaba con mucha atención. Llegamos al sitio adecuado y le mostré cómo, le puse el ejemplo y estaba seguro de que el can estaba entendiéndome, él es un perro muy inteligente.

Eso era lo que se necesitaba un ejemplo basado en el método demostrativo.

Ya de vuelta en casa supe que Sam había aprendido muy bien su lección. El método demostrativo es infalible y no falla, no falla…

En la ciudad de méxico muy cerca de donde vivía cuando era niño se escenificaba una réplica de la batalla del 5 de mayo, sí de veras, en el famoso “peñón de los baños”, que no es otro que el peñón o cerro que está a un lado del aeropuerto de la ciudad de méxico. Aquella vez que te platico quienes me invitaron a ir a esta representación fueron mis amiguitos de la primaria federal de nombre acayucan a la que asistía en mi colonia de medio pelo de calles de tierra del df, de nombre colonia zaragoza, de ahí del nombre emblemático de mi colonia, de la otra colonia cercana a la mía llamada puebla, de la calzada zaragoza y demás incentivos y recordatorios a esta batalla fue que me animé a ir a ver aquella “batalla del peñón”, como de hecho era llamada esa escenificación que yo no me podía por más que hacía la lucha de imaginar, ¿una batalla real?, ¡qué padre!, iría a ver aquel portento y me uní al séquito de chiquillos que iríamos de espectadores de un “hecho bélico” aunque fuera de a mentiritas.

El día de la “batalla de puebla” del peñón de los baños salimos como a las 9 de la mañana la parvada de niños bien avituallados de botellas de agua de limón, tortas de chorizo que nuestras mamás nos hicieran y frutas diversas, naranjas, plátanos y más limones para atenuar el calor, yo llevaba mi itacate en una maleta deportiva de la época de asas muy largas que me metí entre los brazos y me la colgué como mochila, el cierre me raspaba la espalda, pero me aguanté luego metí mi suéter en medio de ella y mi “lomo” y ya; todo el camino lo hicimos a pie, y está lejos, íbamos a ir en bicis pero no todos tenían y además luego donde las dejábamos para ver la “batalla”, yo pensé que jamás llegaríamos al peñón y su colonia que se llamaba igual, pero después de pasar el aeropuerto de la ciudad de méxico ahí está el peñón y vamos para arriba, ¿de donde sacamos fuerzas?, quien sabe pero corriendo subimos hasta donde se veía ya la “pelotera” de gente y sí, que espectáculo aquel, soldados mexicanos obviamente vestidos de la época pero usaban unos sombreros muy grandes con banderas tricolores, los “franceses” de azul y rojo y con barbas postizas hechas de zacates teñidos con anilinas amarillas o rojas pegadas a los cachetes con goma, los suabos de pantalones bombachos, ah y los zacapoaxtlas de mucho machete como los macheteros de atenco, igualitos, todos con unos sombrerotes enormes, huaraches y calzones de manta, y caballos por aquí y por allá, eran los preparativos para la “batalla”, como buenos niños de barriada nos metíamos por dondequiera y a pesar de los regaños y demás voces de ¡sácate chamaco!, pues no hacíamos caso y pululábamos por doquier haciendo corrillo con los demás chicos del barrio del peñón de los baños, acordamos un punto de reunión para después de la “batalla”, y regresarnos juntos, e irnos a comer las tortas por ahí; y de nuevo nos desparramamos por entre las fuerzas nacionales y extranjeras agarrando aquí y allá, tirando sin querer los fusiles puestos recargados contra las paredes, en fin que aquello era una fiesta antes de empezar la fiesta, al menos para los futuros beligerantes y los niños que como hormigas nos movíamos por entre las filas de estas huestes enemigas entre sí.


Algo llamó mi atención y mucho, ya que en mi tierra se bebía este caldo, había mucho pulque a la libre disposición de los contendientes de ambos bandos, el calor de la media mañana del mes de mayo era ya muy fuerte entre las filas de soldados de zaragoza y del general forey, y lorencés así que a darle al neutle con singular alegría, además para darse valor, que caray.


Una corneta tocaba su belicosidad con rabia y con emoción, ¡sí!, ya iban a comenzar las hostilidades, los dos ejércitos se colocaron en un costado del cerro, mexicanos arriba, y franceses abajo, y que empieza aquello, disparos con mucho ruido y humo con olor a pólvora, cornetazos, redoble de tambores, gritos de ¡mueran los franceses!, y ¡mueran los mexicanos!, ah, y palabrotas del más grueso calibre eran lanzadas también al aire y se escuchaban muy claritas en aquel fragor, un general zaragoza muy moreno de lentecitos y espada en mano se movía montado en su caballo muy nervioso porque el cuaco por poco y lo derriba, el caballo quería jalar lejos de la batalla, ¡cobarde jamelgo!, nada patriótico y sí muy espantado que salía a escape pal otro lado de la batalla y el “general” que lo devolvía a la vanguardia de sus tropas, que tenía su propia lucha y no era contra los franceses sino contra la rebeldía de sus propia cabalgadura indócil a más no poder, carcajadas de los espectadores se escuchaban y gritos de: ¡zaragoza bájate del caballo mano, que te tira…! Que obviamente también estaba ya bien empulcada y eufórica por la encarnizada batalla que se representaba en las costillas del peñón de los baños entre mexicanos y franceses, una voz que hablaba por un micrófono y que se escuchaba por unas “cornetas o altavoces” narraba los hechos y daba datos históricos como este: “ahora los valientes zacapoaxtlas les dan en la madre a los franceses que querían despojarlos de sus tierras allá en la heroica puebla de zaragoza…” y cosas por el estilo así de épicas e ilustrativas que enardecían a combatientes y público en general, la voz del micrófono no solo narraba, también daba instrucciones: “a ver cálmense por allá en aquella esquina, ¿qué pasa?, calma señores, calma que nos venimos a divertir…, no, no corran niños entre los combatientes, sálganse de la batalla que los van a lastimar… a ver, qué pasa, no, no que nos están ganando los franceses, no, señores que la batalla fue al revés, no, ya no les den más pulque a los mexicanos que les están ganando los franceses, ¡!ya párenle, párenle!!, les digo!!


Total que ese día ganó francia en el peñón de los baños y la borrachera se generalizó además del desorden, pero no la diversión de la plebe entre los que estábamos ahí viendo y corriendo como locos entre suabos y zacapoaxtlas, en compañía de un zaragoza que se cayó del caballo, ah y después de todo cada quien de nosotros ese 5 de mayo regresó por su lado a la colonia zaragoza ya que en aquella multitud ya no nos volvimos a encontrar hasta el otro día, el 6 de mayo en las calles de nuestra colonia y comentamos hasta cansarnos aquella vez de cuando fuimos parte de la batalla del cinco de mayo, no, no en puebla en la del peñón de los baños. Que aunque perdiera el ejército de oriente, que divertida nos pegamos todos.


Autor: Carlos Mendoza


Ayer me enteré que Melissa promueve la desintegración de las parejas -de calcetines- con esa costumbre de aparejar calcetines que no sean parejas, o sea ella se pone calcetines diferentes sin importar que no sean parejas, algo que deja a la moral, calcetinilmente hablando parada de cabeza literalmente, ya que un calcetín está de por vida y desde la fábrica hecho para compartir su vida con su pareja, al menos aquellos que son del mismo color y dibujos o figuras, esto no sucede así con las calcetas blancas como las que yo suelo usar a diario, aunque también tengo calcetines de colores, a lo que voy es a que yo hago lo mismo con mis calcetas y de esto no me había yo dado cuenta, las mezclo sin querer hasta que supe lo que hacía Melissa, o sea que a mis calcetas las hago vivir en una eterna promiscuidad calcetinil y “patológica” –de patas- ya que yo las uso a la manera swinger’s, es decir intercambio las parejas sin saber si lo eran antes o no, o habían sido pares desde la fábrica y en eso me parezco a Melissa. ¡Ah!, pero ayer me enteré de otra cosa horrible, supe de un secreto femenino espantoso en relación con ciertos parientes cercanos a los calcetines, las pantimedias, pues resulta que hay damas que de dos pantimedias hacen una de doble calzón, eso no tiene abuela, es francamente una aberración de lo peor que debiera de prohibirse porque lastima la dignidad de una y otra pierna de la pantimeda mutilada y vuelta a “emparejar” sobrepuesta a otra de la que no es nada, siendo eso una especie de adulterio pentimedil, ¿pues qué nadie piensa en la dignidad de las pantis mutiladas?, no, nadie, bueno salvo yo.


Pero sigamos con esto de los calcetines nones. Por desgracia sabemos que un calcetín se desempareja y cuando se va deja non, o nona a su pareja, non cuando es varón, y nona si es calceta o calcetín femenina, las calcetas y calcetines tienen género, ¿pero a ver, a donde carambas se va ese calcetín descarriado?, ¿o con quién?, ¿qué lo llevó a dejar a su pareja non?, y a él también desde luego así, non, ¿o no?; o sea, no necesariamente ya que a la mejor se enamoró de una calceta de tenis, o de alguna otra no tan guanga como su pareja y además ésta sea de color, ya que con el tiempo a veces los calcetines y calcetas se van aguangando del “tubo” al perder fuerza el resorte, además de otras afecciones más que lastiman de su corporeidad calcetinil, “patologías” como son los típicos agujeros, las luidas del talón, así como el horrible defecto de fábrica que es la costura gruesa que obliga a usarlos de por vida de revés, cosa indignante, pero más creo yo que hace que una pareja de calcetines se separe, es que cuando se les aguanga el tubo, otra son los muchos agujeros que ninguna mano caritativa ha podido zurcir con aguja e hilo más la ayuda de un huevo.

Es triste la vida de una calceta, o calcetín non, su pareja perdida, no tan perdida a veces, ya que se la puede estar pasando “bomba” sola, o acompañada, pero la pobrecita non, sí, esa que se quedó sola en el cajón de los calcetines, o escondida en la tina de la lavadora lánguida y triste, porque está sola y sin su compañero del que es parte. No todo es drama, porque ¡ah!, cuando se les junta, si de juntarse, a ver si me explico, para ellos, o sea los calcetines esa es la mejor parte de su existencia, cuando se les junta después de ser lavadas en uno solo y se les hace bolita a ambos así íntimamente juntos por el tiempo necesario hasta que su amo, o ama decida sacarlos del cajón para ponérselos y llevárselos a pasear, para luego de uno o dos días de uso viajero a los pies del dueño, o dueña ser nuevamente reunidos en forma de nudo, p’a que no desaparten no sea y se pierdan, o desaparten, ya prevé su dueño o dueña que quizá uno de ellos quiera irse y disolver la pareja calcetinil, así que los anuda uno al otro, o más ricamente los mete uno dentro del otro, este re encuentro en ciertas parejas de calcetines es muy bello y hasta sublime, reunirse de nuevo hechos nudo o uno dentro del otro después del trabajo de varios días es algo maravilloso, pero luego se les separa otra vez para lavarlos, se les seca al sol o en una “secadora”, y se les reúne de nuevo en el cajón de los calcetines. Pero a veces en esto de las lavadas y revisadas, emparejadas y hacerlas bolitas por su amo, o ama éste los ve y sé da cuenta de que uno de ellos, o los dos ya presentan deterioro y sin más los vuelve a anudar y los arroja al cesto, pero de la basura.


fin

Autor: Carlos Mendoza