Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS. Mostrar todas las entradas


La luz del día se estaba haciendo más y más tenue, el día llegaba a su fin y la noche cálida del trópico se dejaba sentir, por el aire ya se esparcía el aroma de las flores que solamente se abren durante la noche, que de abrirse de día perderían por el intenso sol tropical la preciada humedad que todas las plantas guardan con celo para su vida. Estas son flores de noche y son tan bellas como las que se abren de día, su aroma es igualmente intenso y agradable para los encargados de ir a visitarlas y esparcir el polen por las demás flores de la selva de noche, una selva diferente y a la vez la misma que da paso a la vida nocturna de la selva tropical, tan intensa como la de día.

Una cueva cercana a la floresta se despertaba a la actividad oscura. En la ladera oriente de un cerro cuajado de verde estaba la casa de miles de murciélagos, que saldrían de un momento a surcar el aterciopelado aire nocturno para visitar a las flores recién abiertas, beber de su néctar, paladear su polen y esparcirlo por la demás para continuar la cadena de la vida; los murciélagos son las “abejas negras” de las flores de la noche; no son pájaros, tampoco son insectos, son mamíferos que vuelan, que hacen su trabajo de polinizar las flores y hacer que la selva se reproduzca, que las plantas se esparzan por ella como lo han venido haciendo por miles de años en sociedad con los murciélagos.

De esta sociedad entre plantas de flores nocturnas y los murciélagos depende que las selvas húmedas no se acaben por la tala, las quemas y la devastación de enormes superficies de bosques tropicales, convirtiéndose en terrenos secos e infértiles, dejando de producir estas áreas oxígeno y retener agua, así como la de regular el clima del planeta. Toda la vida y su continuidad, están sujetas a esta sociedad tan grácil como delicada entre: murciélagos de vuelos silenciosos y flores nocturnas de delicados aromas; Ah, sin olvidar a los murciélagos que comen frutas y que también dejan su aporte a esta continuidad, ya que al comer la fruta se meten al estómago las semillas que luego serán “sembradas” por estos útiles e importantes animalitos por toda la selva húmeda, para que continúen las plantas dando alimento y vida a la comunidad.

Los lugares cálidos y húmedos son la cuna de la vida, la naturaleza hace sus ajustes para que los encargados de la continuidad trabajen en condiciones menos difíciles que las del rayo del sol, la vida nocturna de los trópicos es intensa, sus habitantes se trasnochan bailando de flor en flor, se embriagan de néctares y dejan hijos regados por toda la floresta.

Un buen día un biólogo se detuvo en una de estas selvas, llena de vida animal y vegetal, observó una fruta que él no conocía y se dijo:

- Esta fruta es buena para comer, me llevaré unas muestras e intentaré domesticarla.

- Para esto la domesticación de las especies vegetales, no se hace como los domadores trabajan con las fieras de la selva, con una silla y un látigo metidos dentro de una jaula. – La domesticación es un proceso, es decir, se estudia la planta, su ciclo, sus épocas de florecer, su frutos, en fin, todo aquello que sea necesario para que la podamos cultivar ya sea en la casa o en los campos de cultivo y obtener los beneficios de su hojas, o de sus raíces, o de sus frutos, como era el caso de esta frutita que llamó la atención de nuestro biólogo. Él anotó la fecha de su hallazgo, la etapa de desarrollo del vegetal, y algunos otros aspectos que sólo ellos saben ver, porque son científicos, pero lo más importante, quería llevársela para cultivarla de manera artificial. Mucho tiempo recorrió las selvas viendo las plantas y recolectando frutillas, poniéndolas a secar y separando las semillas que ponía a secar, para luego bajo condiciones controladas en su laboratorio hacerlas germinar y tener así plantas para él.

Las semillas no germinaban, se pudrían; eran estériles, es decir no podían dar vida y reproducir más plantas iguales a ellas. Entonces el biólogo intentó otras formas de reproducción, sacó “coditos”, y “piecitos” de las plantas de la selva, en fin intentó cuanto se le ocurrió para hacer posible la reproducción de aquella extraña planta de frutilla tan sabrosa, que solamente se daba en la selva de manera silvestre. Todos sus esfuerzos y trabajos fueron inútiles y tras de años de trabajo científico, se rindió y no le fue posible llegar a reproducir de manera artificial aquella rica fruta. Se dedicó a otras plantas y a otros estudios de la selva, se olvidó de aquel fracaso y siguió trabajando y aprendiendo de la selva, intentando saber cada ves más de ella y sus secretos, la selva es como una mujer bella, siempre habrá que debelar de ella algún secreto.

Años pasaron después de la historia de las frutillas, la selva lacandona devastada por la tala ya no se regeneraba igual de rápido, él biólogo fue a investigar las causas de aquel problema. Llegó y se puso a trabajar intensamente, se topó con un panorama diferente al que él había conocido años atrás, es más ya no veía tantas plantas de frutilla, como en aquellas épocas que él intentara llevársela de la selva para cultivarla, no obstante ser la época del año en las que se les hallaba en abundancia, también los murciélagos se habían ido del lugar, hoy día eran cazados y perseguidos por el hombre. Investigó y supo que las cuevas de los cerros circunvecinos habían sido quemadas para sacar a los murciélagos de sus hogares naturales, se les estaba exterminando; pensó, el equilibrio natural ha sido roto en la parte más delicada de la cadena, la planta y su socio polinizador.

El biólogo se dio a la tarea de buscar murciélagos y plantas, la sociedad de hábitos nocturnos que repoblaba la selva. Por fin los encontró, pero también se encontró con sus perseguidores, talamontes y exterminadores de murciélagos, ellos estaban matando a la selva, encontró murciélagos muertos, se llevó los cuerpos a su laboratorio y los analizó, había sido muertos por disparos de escopeta; les analizó el estómago y constató que habían comido de aquellas frutas que él desde hacía años intentaba domesticar, recordó sus viejos tiempos y añoró la selva húmeda de aquellos días, plena de vida.

Extrajo del estómago de los animalitos las semillas y luego de verlas bajo la lupa y constatar que eran de aquella rica fruta las puso en un papel y las tiró a la basura de paso echó al mismo bote de basura la tierra de una maceta que se le había roto ese mismo día, la servilleta con las tripas del murciélago disectado y las semillas cayeron mero encima de ella.

El biólogo pensó:

- Hay que detener la matanza de murciélagos, están acabando con todo quienes los ven como anímales malignos a los que hay que destruir, están equivocados. Qué difícil es luchar contra la ignorancia y la codicia.

En estas cavilaciones pasó muestro biólogo un buen tiempo ese día, después durante varios días recorrió oficias gubernamentales y organizaciones ecologistas, hablando a quienes quisieran oírlo, tiempo en que se olvidó de sacar la basura del bote de su laboratorio, finalmente se acordó de los murciélagos que había dejado sobre la mesa de disección; un fuerte olor a basura podrida le golpeó la nariz al entrar al laboratorio, metió los restos de los murciélagos en una bolsa de plástico.

Salió a su patio trasero, sosteniendo en una mano la bolsa de plástico y en la otra el bote de basura, cuando estaba a punto de dejar caer la bolsa dentro del bote, se percató de que unas plantitas apenas visibles germinaban de entre los desechos, las semillas habían finalmente germinado y eran de aquella frutilla que nunca quisieron nacer en cautiverio, se asomó dentro del bote y sacó con cuidado las pequeñas plántulas; sí, habían nacido de las semillas que él había encontrado en el estómago e intestinos de uno de los murciélagos muertos a perdigonazos. Se preguntó a sí mismo:

- ¿Qué había hecho que las semillas ahora sí germinaran?, ¿las tripas del murciélago, la tierra de la maceta rota, el calor, la basura...?

Cuidó sus plantas con esmero, las observó con rigor científico y llegó a la siguiente conclusión, misma que ya sospechaba de algunas otras especies que al igual que estas dependían unas de otras para su continuidad y supervivencia.

Nuestro biólogo había descubierto el eslabón de la cadena de la que dependían ambas especies y que finalmente era la base y sostén de todo un ecosistema, eran las bacterias de la panza e intestinos del murciélago las que inoculaban a las semillas para que estas pudieran germinar, si las semillas no pasaban por el tracto digestivo del animal no germinaban jamás. Como hijas de ambos, flores madres y murciélagos padres las semillas germinaban de ambos. El amor de la naturaleza toma formas diferentes, todas ellas bellas.

¿A poco no te dan ganas de ser biólogo?

*Este relato está dedicado a mi hija Mariana Mendoza cariñosamente llamada por nosotros “Nanan”, quien en el año 2006 se graduó como Bióloga, a ella a quien quiero tanto como extraño.

El modelo de cartón de un pesebre con figuras del mismo material hechas, aguardaba doblado entre sus pliegues policromos el volver a la vida como cada año en la temporada navideña, la cajita que lo contenía se guardaba dentro de un enorme ropero de madera labrada, noble y viejo mueble oloroso a bosque y a madera de cedro.

Pasaron los años y la cajita del nacimiento fue sustituida en su encargo por árboles de materiales sintéticos, árboles de forma cómica de ramas fingidas y luces eléctricas, esferas de colores, escarchas de papeles metálicos de colores verdes, rojos y plata, una estrella brillante y metálica remataba aquella estructura hecha de alambres torcidos y festones de plástico de olores a polietilenos.

Muchos fueron los años que aquella caja dentro de aquel ropero de la vieja abuela ya muerta quedara sepultada detrás de la ropa de cama de la anciana, sus recuerdos, ropa de cama que aún guardaba sus formas de mujer vieja y enferma guardadas; prendas de quien fuera su dueña guardaron por años su olor distintivo de madre de hijos varones y mujeres, hoy madres como ella lo fuera, y ellos, los varones tenían hijos fuertes y juguetones, que la vieja ya no conociera, no al menos como ahora estaban de grandes y fuertes, ella la abuela se había ido como todos los de su generación una invierno frío, una madrugada sin darle la despedida a nadie, sin molestar siquiera. Pacto tácito de sus hijos, que todo lo de la madre muerta, muerto como ella permaneciera en el ropero así transformado en ataúd de sus recuerdos y de sus cosas, que ahí durmiera aquello como los recuerdos que de ahí mismo ella cada vez que podía guardara ahí en vida, ahora todo aquello estaba condenado a la oscuridad de la muerte fingida del tiempo bajo llave, que no hay peor tiempo que el que se pasa prisionero.

Así llegó a contar cada figura en su haber de figura de cartón, de estar dormido sin dormir, que aguarda su momento 10 años ahí plegados sobre sí mismos, desecados permanecieron. Juan Manuel un día solicitó a su madre las llaves del ropero de la abuela para ver qué había ahí dentro. Con vehemencia el niño suplicaba: ¿es que nadie lo abre nunca, es que la curiosidad me llama desde ahí dentro ?

Rogó desde su altura de tan solo 12 Navidades aquel niño a su madre, pero no le hacían caso; por último exigió que como regalo de Navidad le permitieran abrir aquella bóveda de madera y explorar aquel mundo oculto a su imaginación y curiosidad, y ni así; no, fue la respuesta de su madre, que ideas tienes, le dijo.

Pero él insistió tanto delante de su padre que finalmente más por terquedad que por la comprensión de los adultos, le serían prestadas las anheladas llaves, pero que ya no molestara más, se las darían el mero 24 de diciembre por la noche dentro de una caja de regalo, junto a sus juguetes que le llevaría el Santaclós.

Llegó la noche buena, la fiesta se dejó venir alegre y en torno a la mesa y al pié de aquel árbol se congregó la familia y las visitas así como las risas de los niños, dieron las 12 de la noche, la hora del ritual que no es nuestro y todos se fueron a abrir sus regalos al pié del árbol artificial, Juan Manuel solo abrió uno de ellos, el pequeño que seguramente contenía aquellas llaves que le viera a su madre de vez en vez sacar de un cajón de su tocador, aquel llavero que contenía una pequeña torre Eiffel de metal, un dado color rojo oscuro, y un escudo vaticano que charolaba la luz colgado de aquella cadena llena de tintines, sí eran las llaves del ropero de su abuela.

La palabra había sido cumplida por su madre y ahí dentro de aquella cajita de moño rojo de orejas muy paradas estaban las llaves del ropero de su abuela, corrió por aquella casa de corredores hechos para eso y llegó hasta la recamara cerrada que fuera de su abuela, con prisa y nervios abrió la cerradura con una de aquellas llaves del racimo, la de latón de tonos amarillos, entró encendió la luz, ahí ente él estaba el enorme ropero de su abuela en aquella habitación hoy reservada solo para las ocasionales visitas, ahí estaba la cama de la abuela, sus muebles todos de madera, el olor a cedro penetró hasta su cerebro cuando abrió con la llave de tres agujeros la puerta central de aquella arca, la luna de vidrio reflejó la imagen del cuarto en su giro de casi 90 grados y rechinaron los goznes con delicia de viejo que se para de su asiento para salir a pasear de la mano con el nieto, los ojos del niño viajaron por todo aquel sinnúmero de objetos abiertos a la luz de su ojos, como un vientre de madre que pariera vida de nuevo después de muchos años y tiempo de añejamiento.

El niño buscó sin saber qué, tocó y sintió en sus manos objetos raros: y sacó perfumeros vacíos, polveras, aretes antiguos, lentes de formas raras, una lupa, viejas fotos en marcos metálicos de personas de grandes bigotes y ojos brillantes, de pronto entró la madre del niño, él volteó y sonrió como solo los niños le han sonreído a sus madres por siempre, con el corazón. -¿Satisfecho? Preguntó ella, ya haz visto que aquí no hay nada, solo cosas viejas, anda ven regresemos con los demás a la sala, cierra el ropero y ven a abrir tus regalos.

No mamá, déjame abrir otra puerta, solo he abierto esta del espejo y aún me quedan por abrir dos. La madre suspiró y tomando algunas fotografías de las que el niño sacara se sentó en la cama que fuera su madre, eran viejas fotografías en blanco y negro, otras en sepia, sonreía al verlas, el niño cerró la puerta del espejo que volvió a despedirse con un crujido, esto hizo que la madre del niño reaccionara bajo un viejo recuerdo de los años pasados cuando la puerta era abierta con frecuencia, un nuevo olor inundó la estancia, era un raro perfume, entre dulce y cálido, el olor de los recuerdos inundó toda aquella estancia con su aroma, el niño introdujo ambas manos entre la ropa de cama y sacó como por instinto la caja de madera que contenía al nacimiento, por instinto abrió aquel regalo de Navidad inesperado, su sorpresa fue mayúscula, un ejército de figuras policromas danzó delante de él, la Virgen María, los pastores, San José, los tres reyes magos y muchos animales de corral, por último y como si fuese el plato fuerte un ángel bellísimo y el niño Dios que venían envueltos en un papel como de china.

¡Mamá! -Exclamó el pequeño, ¡es un nacimiento! Y ahí mismo emprendió la tarea de armarlo sobre la cama rechinante de su abuela. La madre se le quedó mirando y recordó como ella misma había así, como su hijo alguna vez armado aquellas hermosas figuras de cartón policromo cuando era niña, aquel nacimiento le trajo recuerdos bellos de cuando era niña y de Navidades felices ya pasadas.

Como madre e hijo tardaran en reunirse con los otros, poco a poco fueron llegando a la recamara de la abuela uno a uno los demás miembros de la familia que estaban en la sala de la casa, y ahí en la recámara de tanta gente que llegó, aquello se tornó en fiesta de recuerdos, sí ahí dentro de aquel cuarto hasta hace años olvidado, risas y alegría nueva y pasada por fin fundida de los que recordaban las Navidades de antes viendo fotos, las figuras y demás objetos que pasaban de mano en mano, así se recordaron las anécdotas en torno a este nacimiento de cartón por fin desdoblado a la vida activa, nacimiento renacido sacado de las entrañas de aquel viejo ropero, el ropero de la abuela por manos de su nieto Juan Manuel.

Y de ahí en adelante ya nunca dejaría de estar presente en las Navidades subsecuentes aquel nacimiento lleno de recuerdos para tantas generaciones, la tradición era finalmente un sentimiento vivo nacido de aquellos que se han ido, pero que nunca han muerto.


El campo amanecía brillante bañado por la luz de la mañana, un bello amanecer del mes de noviembre, ni mucho frío ni mucho calor, fresco dirían los lugareños todos campesinos dedicados al cultivo de la tierra y de sus frutos que les dejaban espacio para ellos a su ves vivir, vida por vida, tu me cuidas y yo te cuido a ti.

El campo ya llevaba días de haber sido sembrado y la cama cálida hecha en el seno de la tierra abrigaba la esperanza de la nascencia de las plántulas verde pistache del chícharo de otoño. Pegado al borde de la sementera se levantaba con orgullo una plantita, vigorosa y trémula de vida en sus venas de savia verde como la esperanza de la vida en ella latente. Crecía tan cerca del borde que nada más emerger de su lecho de tierra se topó con las hierbas silvestres que al mirarla exclamaron.

¡Miren ha nacido un chicharito!

Pero no todo era alegría en esa plantación, las plagas asechaban a las plantitas recién nacidas para comérselas o dañarlas con su feas enfermedades, el campesino apenas las vio emerger y las roció de productos químicos que las protegieran de enfermedades e insectos voraces que las dañarían desde su más tierna edad.

El chicharito precoz que había emergido primero y habían visto las plantas silvestres, apenas salía el sol y se desperezaba de su lecho tibio de color café negrizco que era su lecho de cultivo y cobijo haciendo.

¡Brrr, qué frío hace!!!! ¡Yo no me levanto hasta que haga más calor, brrr…!!

Y se enroscaba dentro del cobijo de la tierra como si fuera una variedad rastrera de la familia de las Leguminosas, que de por sí lo era. Las plantitas silvestres le hacían muchas fiestas, diciéndole.

Pobre Chicharito, está muy tiernito, tiene frío…

Sí, que se tape, no se vaya a enfermar…

Tu quédate hasta ya tarde en tu cobijo del suelo, sal hasta que el sol esté bien arriba…

Y así por el estilo le decían las plantas silvestres muy resistentes y aguantadoras a la pequeña plantita de Chícharo que tanta ternura les inspiraba por haberla visto nacer.

Pero las demás plantas de Chícharo no lo veían con los mismos ojos y se burlaban mucho de él diciéndole flojo, y debilucho.

Un buen día se apareció por ahí un abejorro peludo, volando de rama y flor en flor, para chupar el néctar de las florecillas de los chicharitos que ya empezaban a ensayar sus brotes florales.

¿Y este Chícharo acostado?

Dijo el abejorro al ver que nuestro Chícharo friolento aún no salía de su lecho y permanecía dormido y muy cobijado siendo ya las 12 del día.

¡Señor abejorro!

Dijo un altraluz de hermosas flores color violeta.

¡No moleste al Chicharito con tal tono de voz, y váyase a buscar néctar en los otros Chícharos que ya están de pié!

Perdón.

Exclamó el abejorro, un tanto cuanto apenado ante las miradas de las hierbas silvestres que lo veían con coraje por su rudeza y agitaban sus hojitas en un claro ademán de hacerlo que se fuera de ahí con viento sano.

No quise molestar señoras.

Se excusó el abejorro.

¡Retírese!

Dijo imperativa una Chacalota de blanca y espinosa flor, amenazando con hacer llegar su ira al insecto peludo.

Calma señoras, calma. ¿Pero por qué duerme tan tarde este Chicharito, qué no estará enfermo de algo…?

No abejorro, tu no sabes nada, en primera no es un él, es una ella, Chícharo de la familia de las leguminosas, pero es una Chicharita, y como es de variedad precoz es friolenta.

Ah, ya veo es una Pisum Sativum, emparentada con las habas, los garbanzos las lentejas y el Colorín.

Vaya, el señor no es tan ignorante después de todo.

Dijo un nabo silvestre agitando sus espadañas al aire llenas de vainas que sonaban como sonajas.

Los abejorros sabemos diferenciar a las plantas porque de ellas vivimos y del néctar de sus flores nos alimentamos, ¿pero qué hace esta variedad de Chicharito sembrada en noviembre y no en mayo que es primavera?

Eso sí no lo sabemos, solo que es nuestra nena consentida y que desde que la vimos nacer la hemos cuidado de que nadie la moleste.

Y hacen bien, esta variedad es muy bella, grácil y delicada, sus flores producen un exquisito néctar que…

¡Anda a la porra abejorro!, que de este néctar no has de beber, ¡he!, ¡anda y vete ya!

Pero el abejorro ya se había enamorado de aquella plantita de Chícharo friolenta, sus flores no tardarían en reventar de esos botones tiernos que salían de su tallo grácil de hojas delicadas y no se alejó mucho del lugar, a diario sobrevolaba el lecho del Chicharito friolento y se hacía presente posándose desafiante sobre sus nanas, a quienes distraía con sus charla rica en anécdotas de sus vuelos y libaciones de néctares raros y sabrosos, o agarrosos, pero nutritivos.

Un día los botones del Chicharito friolento reventaron en hermosas flores de color blanco, de un delicioso aroma y el abejorro paciente y enamorado libó de ese exquisito néctar y del Chicharito friolento quedó por siempre enamorado después de hacer suyo este fértil y dulce vino de amor que el Chicharito le dio.

El otoño de ese año fue duro, más parecido a un invierno temprano que a un preludio de fríos y el Chicharito friolento no obstante los cuidados de sus nanas, quienes lo taparon con sus propios cuerpos de ramas y hojas, murió de frío.

El abejorro peludo ya no buscó más néctar para sobrevivir, se puso tan triste que sin más se dejó morir donde yacía su Chicharito friolento y ambos pasaron a formar parte da la tierra de cultivo vueltos humus.

FIN.


Me gustaría conocer la ciudad primero antes de que me lleves a visitar a la familia o a tus amigos. Dijo la pequeña Lola a su abuela estando aún deshaciendo las maletas luego de un viaje de más de 10 horas que las llevara de América a Europa.

Habían salido de la ciudad de México a eso de las 12 de la noche y ahora en Madrid eran las 6 de la tarde del mes de julio, de un día cualquiera del verano madrileño. No, estamos aquí en Madrid para trabajar, no para pasear. Fue la respuesta enérgica de la abuela que colgaba vestidos en un armario.

La niña que había cumplido 13 años apenas el mes de mayo de ese mismo año se quejó con un mohín y aventó sobre la cama algunas prendas de ropa que llevaba en su regazo. Lolita, tu no me entiendes, pero solo estaremos en Madrid por una semana, luego nos iremos tal vez a Córdoba y luego a Sevilla que ya verás te va a gustar mucho, de ahí ya veremos, no hay más plan que ese. Pues de perdida quiero conocer la puerta de Alcalá, caminar por la Castellana e ir a la Plaza Mayor, y a la Puerta del Sol y... Ya basta. Mira que tu tía Leonor nos ha prestado su casa solo parque ella y su familia andan de veraneo por Barcelona, que sino, ni para un hotel decente me hubiera alcanzado el dinero que hemos traído.

Tu tienes dinero abuela, yo lo sé. Dijo la niña en tono festivo y burlón poniendo carita de pícara. La vieja solo la miró por encima de sus gafas también viejas como ella y ordenó. Anda báñate y luego a cenar, que mañana iremos de visita con el señor Fuenleal.

Al día siguiente se fueron a buena hora al barrio de Atocha, se encumbraron por una empinada calle del mismo nombre y dieron un vuelco en una de sus esquinas, ahí cerca de la vendimia callejera de la calle en rampa se paró la vieja y checó el número de un edificio antiguo arrugando los párpados y entornando la vista detrás de sus gafas de carey. Aquí es. Dijo secamente y subieron por la escalera que dejaba ver la penumbra de un pórtico que olía a rancio de tan viejo.

El edificio ocre de baranda de hierro y pasamanos de madera, peldaños del mismo material que crujían a cada paso de la vieja y la niña. Tengo sueño abuela, aún no me adapto a este horario. Cállate, siempre te estás quejando de todo, menos para lo que es diversión. Subieron dos tramos de escalera y llegaron frente de la puerta marcada con el número 3, la vieja tocó con su mano huesuda y salpicada de pecas. Abuela, porqué no usas el timbre, mira aquí está. Y la niña pulsó con firmeza el botón de latón amarillo adosado al marco de madera de la puerta. ¡Ya, ya, que no hemos venido a cobrar la renta, niña!

Un instante después del sonido del timbre se escucho ruido de pasos sobre un piso de duela que crujía bajo el peso de alguien, luego el ruido metálico de los cerrojos al descorrerse, ante el umbral de la puerta se recortó la figura de un hombre de unos 60 años alto y moreno de pelo muy blanco y cejas negras y pobladas, del interior llegó un fuerte olor a tabaco de pipa quemado.

Los ojos negros del que abría la puerta se clavaron alternativamente en las dos mujeres, y exclamó. Vaya, que si es Lola Ugarte en persona. Exclamó con una profunda voz de tenor el hombre del cabello blanco. Acto seguido tomó de la mano a la vieja, pero no con el saludo tradicional, le tomó la mano izquierda con su mano derecha pero por encima y así la dejó mientras le sostenía la mirada, luego se volvió hacia la niña y preguntó. ¿Y, esta niña es... Lola, tu nieta? Sí, te la he traído para que la conozcas en persona.

Bienvenida. Dijo el hombre y también sujetó a la niña por encima de la mano con su mano izquierda, que sujetó la mano derecha de la niña, así mantuvo sujetas suavemente a las dos mujeres por unos instantes mirándolas alternativamente con sus profundos ojos negros, la vieja alargó su mano lateralmente y sujetó a su nieta cerrando así el triángulo entre los tres. Solo un instante y la niña ya no supo más de sí hasta que se despertó en su cama, bueno, una de las camas de la casa de su tía Elvira, habían pasado seis días desde su primer día en Madrid y de su encuentro con el señor Fuenleal, todos esos días los había pasado inconsciente. No se sentía mal, solo con hambre y sed. ¡Abuela! Gritó la niña. La vieja llegó casi de inmediato a la recámara de la niña. Qué bueno que ya te despertaste, haz estado dormida mucho tiempo. ¿Abuela, seguimos en Madrid?, claro que sí, estamos en Madrid, ¿porqué lo preguntas? No sé, es que...¿y qué hago en pijama? Nada malo, ni grave, tu sabes no estás acostumbrada a los viajes largos, el cansancio, el cambio de horario, ¿te acuerdas..? y sufriste un desmayo, afortunadamente el buen señor Fuenleal nos trajo a la casa y además nos ha traído un médico muy bueno, que te ha visto estos días que estuviste dormida, es un problema hallar un médico en Madrid en el verano, todos están fuera, hasta las farmacias están cerradas. ¿Qué me pasó? Insistió la niña con cara de intriga y ciertamente confundida. Nada grave, solo la fatiga del viaje. Tengo hambre dijo la niña y notó que su mano izquierda llevaba un vendaje. ¿Qué es esto abuela? Nada serio hija, solo que hubo necesidad de ponerte suero por lo de tu desmayo y tuviste un derrame, ya ves que no se te encuentran las venas con facilidad. Me duele un poco, ¿está muy feo? No, hija, es solo un morete, ya se te pasará, que bueno que tienes hambre, eso es bueno, ahora te traigo de comer algo.

La vieja salió del cuarto y la niña se examinó el vendaje de su mano palpándolo con los dedos de la mano sana. Luego de comer con muy especial apetito la niña se quedó dormida de nuevo, le habían llevado hígado de res cocinado muy tierno, la niña no le hizo el asco y se lo comió rápidamente, luego de comer la abuela deslizó una inesperada invitación antes de que ella cerrara totalmente los ojos. Que tal y ya que te sientas mejor, damos una vuelta por Madrid, ya que pronto nos vamos a Córdoba...he. Si, abuela. Dijo casi en sueños la niña.

Pero la niña no conoció Madrid de día sino de noche ya que era vista siempre por la estación de ferrocarril de Atocha a eso de las 10 de la noche solicitando se le llevara a su casa porque se hallaba perdida y ella no era española, los buenos samaritanos que se condolían de ella como buenos madrileños nunca llegaban a la casa de la pequeña, según ella explicaba por el rumbo del Santiago Bernabeu, por la embajada de México, por la avenida Perón. Los buenos samaritanos eran encontrados por las inmediaciones del campus de la universidad sin pizca de sangre en las venas, con la cara triste y siempre cerca del lugar se percibía un olor como a rosas.

La pequeña se volvió una leyenda callejera, ahora se le veía por la Plaza Mayor siempre de noche, sola y solicitando ayuda. Ahí la encontró el cura párroco de Mágina don Lucas. Mágina es una pequeña ciudad de Andalucía, metida en la sierra más allá del paso de Despeñaperros, él al verla perdida y desvalida sintió un no sé qué, la tomó de la mano con suavidad accediendo a su petición de llevarla a su casa porque ella había dicho era de México y no conocía Madrid, el párroco de Mágina tampoco conocía muy bien Madrid pero era servicial, además de ser muy alto, flaco y de prominente nariz.

Al sujetar la manecita de la niña notó que la tenía muy fría, también notó un vendaje, el cura se arrodilló para revisarla y ver si tenía una herida, estaban ya en el portal de la Plaza Mayor que da para el poniente, revisó la mano retirando el vendaje y pudo ver que en el dorso había un como tatuaje de color encarnado con la figura de dos ángeles que se veían de frente en posición hincada, uno con las alas plegadas y el otro de alas muy abiertas, el tatuaje parecía fresco y reciente, era casi una herida. ¿Quién te ha hecho esto, pequeña? La niña lo miró con ojos extraños de grandes ojeras y de mirada profunda y solo movió los hombros hacia arriba en señal de negativa al tiempo que inclinaba su cabecita hacia la izquierda.

El cura don Lucas se levantó y como buen cura de pueblo se imaginó que ahí había un secreto, hombre de fe no se atemorizó, recordó que por las inmediaciones había una iglesia y antes que acceder a los ruegos de la niña de llevarla a su casa que era por el rumbo de la universidad, él la llevó a la iglesia. No mucho después de las 10 de la noche hallaron al cura párroco de Mágina a las puertas de la iglesia inconsciente con una herida en el cuello aún fresca, un desgarrón que le hizo perder mucha sangre, en el ambiente había un olor a rosas, el cura se vio grave pero no murió. Luego de su recuperación y del encuentro desafortunado con la niña don Lucas se dio a la tarea de buscarla y no quiso regresar a Mágina de inmediato como la sensatez lo hubiera indicado. Se metió en la búsqueda de la criatura como un loco, se dio a averiguar detalles sobre casos similares y se topó con la leyenda urbana de las apariciones de la niña vampiro mexicana, o niña de la Plaza Mayor que se aparecía ya no solo por ahí, sino por todo Madrid y dejaba secas a las gentes botadas por el rumbo de la universidad, para allá se dirigió don Lucas.

Y se enteró de que en una casa de las inmediaciones de la planta nuclear Juan Vigón había una casa con una estatua en el jardín con dos ángeles hincados y viéndose uno al otro de frente como si fuesen uno solo. Buscó don Lucas por ahí montado en una petardeante motoneta, su desgarbada figura quijotesca se volvió cosa normal por aquellos rumbos, luego largó la motoneta e hizo el camino a pié, finalmente halló el jardín de la estatua aquella y la casa a la que pertenecía.

El cura de Mágina era valiente, era hombre de fe, toco la campanilla de la casa aquella. Acudió a abrir la puerta un hombre viejo de unos sesenta o más años, alto y moreno de pelo blanco y cejas negras y pobladas. El larguirucho párroco don Lucas vestido todo de negro aflautó la voz y se hizo oír jardín y reja de por medio hasta la puerta de la casa donde se recortaba la silueta del hombre moreno.

¡Escuche!, oiga, que me ha llamado mucho la atención su monumento, es decir, la estatua de su jardín, ¡hombre!, usted disculpe. El hombre de la puerta contestó con una profunda voz de tenor -¡No está en venta, adiós! - y cerró. Don Lucas ya no supo que decir, paseó la vista por las ventanas y las paredes de aquella casa cubierta de hiedras, de ventanas cerradas aún en verano. Se dio desde ese día a la vigilancia pertinaz de la casa. Don Lucas mientras estaba en Madrid vivía en la vicaría donde le asistían en comida y vivienda, llevaba un diario del que hemos sacado parte de esta historia, para colmo él, el cura de Mágina amaneció muerto un día por el rumbo de la universidad, en el ambiente flotaba un olor a rosas.

Los curas de la iglesia del sagrado Corazón pusieron el grito en el cielo, a partir de ese día la vigilancia por la Plaza Mayor y las inmediaciones del campus de la universidad se duplicó para tratar de dar con la pequeña vampiresa que había ya hecho tanto daño que hasta un ciervo del señor se había llevado entre sus dientes.

La búsqueda no dio resultados, la Niña de Atocha, de la Plaza Mayor, del Museo del Prado, de la Puerta del Sol, del los puentes del Río Manzanares, en fin, no aparecía ya ni dio luces de su presencia y Madrid durmió después de muchos días con cierta tranquilidad, el verano ya casi llegaba a su fin y las autoridades querían exentar el asunto antes de la llegada de los veraneantes de nuevo a la desangrada y forzadamente desierta ciudad capital.

La hermosa catedral de Sevilla con su torre y su giralda lucían aquella noche cálida como nunca, Héctor Valtierra y su novia Cristina se bajaban de una de las calesas tiradas por caballos que dan un tour por la ciudad, Cristina lo llevó de la mano hacia un rincón cercano al jardín de los naranjos, le gustaba sentirlo cerca de ella, le acarició el mentón rasposo de barba con la mano y se dispuso a darle un beso en la boca..., ¡Me he perdido! Se escuchó llorosa la vocecita de una pequeña que estaba sentada en una banca del mismo parque. Cristina se sobresaltó y se acercó a la pequeña soltado la mano de Héctor. Al día siguiente había dos cadáveres en la morgue, no tenían ni pizca de sangre en las venas, fueron encontrados sobre uno de los puentes que llevan a donde estuvo hace años la Expo Sevilla, cuando los 500 años, en medio de un dulce aroma a rosas.

Sevilla amanecía de luto, tanto Héctor como Cristina eran muy conocidos en la ciudad, de familias prósperas y pudientes, se inició la investigación, la policía se dio a la búsqueda del, o de los responsables de aquellos dos crímenes, las noticias de Madrid y la Niña vampiro cobraron fuerza dentro de las hipótesis de los sabuesos Sevillanos, pero no dieron con nada en claro, los cadáveres se acumularon y cuando llegaron a trece, cesaron, como poema de García Lorca “…voces de muerte cesaron cerca del Guadalquivir”.

Un hombre de elevada estatura, moreno de pelo blanco y contrastante bigote y cejas negras debajo de ellas dos poderosos ojos de mirada oscura llegó a una farmacia del popular barrio de la Macarena, solicitó una loción y varias vendas, pequeñas dijo a la empleada. La dependiente era una gitana de unos 40 años, mujer aún bella y de rasgos finos, se le quedó viendo y mirando, observando como solo los gitanos de ojos claros lo hacen por esas tierras, la gitana no depositó el dinero que le diera el hombre en la caja registradora y puso las monedas sobre los billetes sin tocarlas y luego sobre una tabla.

¡Joder! -Exclamó cuando se había ido el hombre alto y moreno de mirada oscura, llamó a su patrón, un sevillano chaparro, calvo y viejo que chupaba un enorme puro.

-¡Don Roque que he visto al diablo!, que me ha dado un canguelo, me ha dado la jindama má grande que uté haya sentido jamá, e un señó impresionante. El sevillano salió de la trastienda alarmado y contestó a los gritos y reclamos de su empleada. -Mira Ginesa que lo que tu quieres es cerrar el establecimiento e irte detrás de alguna aventura, que se que aún no escarmientas con todos tus fracasos con los hombres, anda, coge un poco de algo que te haga bien pál susto y regresa a tus deberes, ¡ale! La mujer no le hizo caso y sí le ordenó con voz firme a su patrón. -

Don Roque, que necesito que uté que e hombre y que no he tocáo mujé alguna desde que ha mueto la suya, me ponga en un saquito estas monedas, solo las monedas, ande. Pero Ginesa, cuál saquito, mira, ¿es que te quieres coger esas monedas, qué son del negocio?

- Don Roque le juro por la virgen del Rocío y por mis hijo muetos, que yo le repongo el dinero, pero hágame caso. Roque Vidal era supersticioso como lo son muchos sevillanos y ya sin hacer muchas preguntas, solo se concretó a hacer lo que la empleada le decía, puso las monedas en un hatillo hecho con un pañuelito que la mujer le dio, ella cogió un frasco de agua de rosas de un estante y sin decir nada, pero regalando al viejo una muy gitana sonrisa se salió de la farmacia cimbrando las caderas, no volvió hasta el otro día.

Tres cadáveres más amanecieron ese fin de semana en Sevilla, los tres iban atados por una cuerda muy extraña hecha como de pelo o cerdas de animal trenzadas, los cadáveres estaban atados de las muñecas con esta extraña trenza, eran: una vieja, una niña de unos trece años y un viejo muy viejo de pelo muy blanco y bigote muy negro, los tres tenían el mismo tatuaje en la mano derecha, dos ángeles viéndose de frente.

Nadie reconoció jamás a la niña vampiro porque nadie jamás vivió para contarlo, salvo don Lucas que no fue muerto de inmediato y que su curiosidad matara, sin embargo la gitana Ginesa sí supo quien era al menos uno de ellos y cortando cabellos de ella misma y de las mujeres de su raza hizo una trenza que engarzó de abalorios hechos de las monedas que Roque Vidal pusiera en su pañuelillo y sin prisa pero sin pausa como la lluvia calabobos de Andalucía, se despachó a los vampiros de adalí* con mucha arcarabí**.

FIN.

Voces gitanas:

*adalí = Madrid

**arcarabí = astucia.

Buscando respuestas para sus dudas un enamorado acudió a los adivinadores del futuro, quería saber si sería feliz o no con su amada, el miedo y la inseguridad tan propias de los asuntos del corazón llenaban su pecho.

La mujer que le leería las cartas le dijo, hoy no es buen día para que te “eche” la suerte y yo lea con seguridad lo que te deparan tu futuro y el de tu amada ven mañana, al día siguiente acudió, pero no con la de las cartas, sino a que le leyeran el café, la mujer que se lo leería le dijo; ¿has probado alguna ves éste café, porque es muy fuerte?, ¡ah!, pero habrás de tomártelo todo, en el asiento que deje el café en la taza seguro que leeré tu suerte, tu destino y tu futuro.

Pero al probar aquella bebida tan fuerte y espesa desistió, le dijo a la adivina; “no, si ver mi futuro es tan amargo como esto que ahora tomo me niego a beber, mejor no deseo saberlo”. Así continuó por varios días en esta desazón del corazón tan propias de aquellos que están enamorados y les cuesta aceptarlo, tan rara y difícil de aceptar es esta situación para algunos que les asalta un miedo que poco después se convierte en pánico y necesitan saber por medios ajenos, ¿qué les está pasando?, muy sencillo, están enamorados y no más, pero eso no es fácil de aceptar, el amor da miedo por ser un sentimiento intenso que te hace sentir muy vivo, y eso de sentir y sentirte es peligroso ya que para muchos los hace sentirse como locos, desvalidos o vulnerables.

Este hombre no dejaba de ver y mirar a su amada, una hermosa morena de pelo de rizos naturales y esbelto talle, de caminar sinuoso que le llenaba de gozo de tan solo verla aparecer a lo lejos.

Un día supo por consejo de un amigo que lo más acertado para saber el futuro, y conocer del amor era ir a que le leyeran las líneas de la mano. Esa misma tarde se dirigió a donde le habían dicho que vivía aquella adivina que leía las líneas de la mano, resultó ser una vieja alcohólica de tez arrugada y aliento de taberna. Él se presentó ante ella y le dijo:

“¿Quiero saber mi futuro, si me aman verdaderamente, seré correspondido, me irá bien con la mujer que amo…?”

Una catarata de preguntas le hacía a la vieja que le veía con atención la mano derecha mientras que la de ella sostenía la que leía y se veía la mano del enamorado como cuando alguien pone su mano para dar algo al que está enfrente.

La vieja le auguró muchos problemas, muchos sinsabores detrás de esa relación, que sería mejor dejar de lado, él se abatió de inmediato y se dejó llevar por aquellas premoniciones terribles de la vieja y perdió toda confianza en él, su amada y su mutuo amor, y hasta llegaron a discutir del tema juntos, él le decía a aquella hermosa mujer llena de amor por él, “La vieja que me ha leído la palma de la mano me ha augurado desastres y terribles problemas de hacer vida juntos, nuestras familias no son compatibles, ella me ha dicho todo eso…” Y ella todo amor en sus ojos negros y profundos le dijo: “¿Y tu le crees?” Él con firmeza dijo. “Bueno es que a mi me han dicho que ella es muy acertada, que jamás se equivoca”. Y tomándole la mano a la bella joven, él le explicó el significado de cada línea de la mano de ella y le dijo: “Mira, ésta es la línea del amor, y ésta de por acá la del corazón, y ésta la de la fortuna…”

Ella retiró su mano para con la misma tocarle con suavidad la cara y mirándole de frente le sonrió con aquella sonrisa cautivadora que solo expresan las mujeres cuando están enamoradas, y le dijo: “No, yo creo que no hay línea suficientemente grande y gruesa que exprese en mi mano mi enorme amor por ti.” Pero no la escuchó y él se quedó con la idea de las líneas de su mano, y dejó de lado los sentimientos de ambos ahí expresados por su amada.

Pasaron los días y ellos se disgustaron por algo que él dijo y que había herido los sentimientos de ella, mucho dolor había entre ambos, más que amor como antaño, parecía no haber perdón alguno para poder reunir aquella pareja una vez más y, el alejamiento se veía venir para como en el caso del fruto de los amores intensos matar y abortar el producto de aquellos bellos sentimientos y no dejarlos, ni nacer, ni crecer. Locura y absurdo, ¿así cómo saber que sería fracaso o éxito su relación si no daban a luz ese amor?

Él, abatido se dio de nuevo a adivinar el porqué de aquella tragedia que se dejaba venir sobre de ambos y que según él se hallaba escrito en la palma de su mano, así un día estando sólo y muy triste por no saber cómo resolver su problema para con su amada se volvió a ver la mano y le exploró nuevamente las líneas e intentó recordar los significados que la vieja alcohólica le dijera de cada una de ellas, pero no halló consuelo, ni respuestas ahí ya que solo veía arrugas y pliegues delimitados estrechamente por la palma de su mano, alzó la cabeza y recordó con dulzura que en ese mismo lugar ella, su amada había estado con él, recreó en su mente la línea perfecta del perfil recortado de su cara, la delicada protuberancia de los labios tan amados, la forma de su nariz y de las líneas perfectas del arco de sus cejas, las líneas de su frente estrecha calzada de finos rizos, de los rizos mismos cayendo como cascada de azabache a los lados de aquella cara, vio con nitidez en su imaginación las líneas delicado de su busto y talle de su amada, las líneas suaves de sus caderas, y la singularidad de las líneas de sus bien contorneadas piernas y brazos, las líneas de sus brazos como solo las mujeres los tienen armónicamente saliendo de la redondez de los hombros, caían paralelos y en ángulo perfecto al talle, ya no dudó más, éstas eran las líneas que le daban las respuestas a sus dudas y la verdad, él la amaba a ella, lo había descubierto no en las arrugas de la palma de su mano, lo había descubierto al ver con ojos de hombre enamorado las líneas suaves del cuerpo de su amada.

Quizá este sea un final feliz y no triste para ésta y muchas historias más de parejas, lo dejo abierto a la imaginación del lector, o lectora, lo trágico sería que ella no viera lo mismo que él así veía en ella y viendo su líneas duras e hirsutas de hombre le perdonara lo que había dicho y herido a ella. ¡Oh!, divina y sencilla realidad que nos abre por instantes una rendijita de la niebla de la locura para saber ver la simpleza de la vida, que vence a la soberbia y subsana los errores más tremendos solo con mirar la delicadeza de las líneas delicadas, por eso yo creo que ver es el bien más preciado, más no solo mirar, sino ver con amor ya que mirar no basta, más difícil es mirarnos por dentro con humildad para sentirnos y reconocernos sabiéndonos amados.


Ayer me enteré que Melissa promueve la desintegración de las parejas -de calcetines- con esa costumbre de aparejar calcetines que no sean parejas, o sea ella se pone calcetines diferentes sin importar que no sean parejas, algo que deja a la moral, calcetinilmente hablando parada de cabeza literalmente, ya que un calcetín está de por vida y desde la fábrica hecho para compartir su vida con su pareja, al menos aquellos que son del mismo color y dibujos o figuras, esto no sucede así con las calcetas blancas como las que yo suelo usar a diario, aunque también tengo calcetines de colores, a lo que voy es a que yo hago lo mismo con mis calcetas y de esto no me había yo dado cuenta, las mezclo sin querer hasta que supe lo que hacía Melissa, o sea que a mis calcetas las hago vivir en una eterna promiscuidad calcetinil y “patológica” –de patas- ya que yo las uso a la manera swinger’s, es decir intercambio las parejas sin saber si lo eran antes o no, o habían sido pares desde la fábrica y en eso me parezco a Melissa. ¡Ah!, pero ayer me enteré de otra cosa horrible, supe de un secreto femenino espantoso en relación con ciertos parientes cercanos a los calcetines, las pantimedias, pues resulta que hay damas que de dos pantimedias hacen una de doble calzón, eso no tiene abuela, es francamente una aberración de lo peor que debiera de prohibirse porque lastima la dignidad de una y otra pierna de la pantimeda mutilada y vuelta a “emparejar” sobrepuesta a otra de la que no es nada, siendo eso una especie de adulterio pentimedil, ¿pues qué nadie piensa en la dignidad de las pantis mutiladas?, no, nadie, bueno salvo yo.


Pero sigamos con esto de los calcetines nones. Por desgracia sabemos que un calcetín se desempareja y cuando se va deja non, o nona a su pareja, non cuando es varón, y nona si es calceta o calcetín femenina, las calcetas y calcetines tienen género, ¿pero a ver, a donde carambas se va ese calcetín descarriado?, ¿o con quién?, ¿qué lo llevó a dejar a su pareja non?, y a él también desde luego así, non, ¿o no?; o sea, no necesariamente ya que a la mejor se enamoró de una calceta de tenis, o de alguna otra no tan guanga como su pareja y además ésta sea de color, ya que con el tiempo a veces los calcetines y calcetas se van aguangando del “tubo” al perder fuerza el resorte, además de otras afecciones más que lastiman de su corporeidad calcetinil, “patologías” como son los típicos agujeros, las luidas del talón, así como el horrible defecto de fábrica que es la costura gruesa que obliga a usarlos de por vida de revés, cosa indignante, pero más creo yo que hace que una pareja de calcetines se separe, es que cuando se les aguanga el tubo, otra son los muchos agujeros que ninguna mano caritativa ha podido zurcir con aguja e hilo más la ayuda de un huevo.

Es triste la vida de una calceta, o calcetín non, su pareja perdida, no tan perdida a veces, ya que se la puede estar pasando “bomba” sola, o acompañada, pero la pobrecita non, sí, esa que se quedó sola en el cajón de los calcetines, o escondida en la tina de la lavadora lánguida y triste, porque está sola y sin su compañero del que es parte. No todo es drama, porque ¡ah!, cuando se les junta, si de juntarse, a ver si me explico, para ellos, o sea los calcetines esa es la mejor parte de su existencia, cuando se les junta después de ser lavadas en uno solo y se les hace bolita a ambos así íntimamente juntos por el tiempo necesario hasta que su amo, o ama decida sacarlos del cajón para ponérselos y llevárselos a pasear, para luego de uno o dos días de uso viajero a los pies del dueño, o dueña ser nuevamente reunidos en forma de nudo, p’a que no desaparten no sea y se pierdan, o desaparten, ya prevé su dueño o dueña que quizá uno de ellos quiera irse y disolver la pareja calcetinil, así que los anuda uno al otro, o más ricamente los mete uno dentro del otro, este re encuentro en ciertas parejas de calcetines es muy bello y hasta sublime, reunirse de nuevo hechos nudo o uno dentro del otro después del trabajo de varios días es algo maravilloso, pero luego se les separa otra vez para lavarlos, se les seca al sol o en una “secadora”, y se les reúne de nuevo en el cajón de los calcetines. Pero a veces en esto de las lavadas y revisadas, emparejadas y hacerlas bolitas por su amo, o ama éste los ve y sé da cuenta de que uno de ellos, o los dos ya presentan deterioro y sin más los vuelve a anudar y los arroja al cesto, pero de la basura.


fin

Autor: Carlos Mendoza